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Los cines de mi vida

Publicado: 2013-02-22

Fui a ver “Django Unchanined”, la nueva película de Quentin Tarantino (que, como todas las películas de Tarantino, está bastante bien) y por un momento me sentí en otra época. No lo digo a que hubo una regresión del tiempo, pero al ver la estética cinematográfica, esa banda sonora tan vintage, el aroma de western crepuscular que la impregna, me puse a pensar que hubiese querido vivir épocas anteriores en un cine.

Alguna vez me hubiese gustado conocer el famoso cine Alhambra, que se encontraba en plena plaza de armas de Iquitos. Siempre ha rondado por mi cabeza qué hubiese pasado si ese local no se incendiaba, allá por mediados de los años cincuenta del siglo pasado, y todavía estuviera entero, proyectando en la oscuridad esas historias que todos anhelamos o queremos.

Mi educación sentimental, aquella que se va creando en la niñez y la adolescencia, está compuesta también de retazos de películas en uno de esos enormes espacios, donde a la luz del calor y los ventiladores ruidosos, podíamos soñar un poquito.

Mi recuerdo más antiguo de una sala cine es  “ET”, de Spielberg. Emocionado, recuerdo haber llorado cuando la bicicleta surca los aires con la mancha y el extraterrestre amigable (tenía 5 años). Vi por primera vez “La guerra de las galaxias” (nada de Star Wars ni anglicismos disparatados) en el viejo cine Bolognesi y mi vida cambió para siempre. En ese cine también vi “Chucky” y fui feliz (desde ese entonces siempre he tratado de buscar como poseso esos overoles del famoso muñeco diabólico).

En el cine Iquitos vi las de “Rocky”, “Rambo”, todo lo memorable y descartable de Stallone. Allí también vi “Karate Kid”, cuando tenía 8 años y terminé mal. Daniel Sam/Ralph Macchio siempre debía quedarse con Elisabeth Shue. En aquel cine vi, siempre, antes de todo, “Los Goonies” y quedé prendado para siempre de la música de Cindy Lauper.

En el tropical cine Excelsior me reencontré probablemente con una de las películas de la serie de Charles Bronson que le gustaban tanto a mi padre. En el cine Atlántida habré visto alguna de las interminables y nunca bien ponderadas entregas de “Retroceder Nunca, Rendirse Jamás”. Nunca fui al cine Belén, porque solo daban películas hindúes y con el paso del tiempo también funciones dobles continuadas de porno (y debo confesar que nunca he visto una porno…en un cine).

Aunque la maravilla de haber tenido en mi ciudad el servicio de cable más antiguo del Perú y uno de los más antiguos de Sudamérica - TVS, creado por Stan Tyminski, un polaco que después le disputó la presidencia de su país al archifamoso Lech Walesa – me permitió ver muchísimas películas en la televisión, en estreno absoluto; y aunque nunca me perdía las maratones de Función Estelar, Canal 2 y aunque también fui consumidor de Betamax y, luego, del VHS, creo que la experiencia misma de estar dentro de una sala de cine es incomparable.

Recuerdo las dos últimas películas que vi antes de terminar el colegio, en el  Bolognesi: “Un día de furia”, con Michael Douglas, y “En la línea de fuego” con Clint Eastwood y John Malkovich. Y son también parte de mis recuerdos finales de una etapa en mi ciudad, en mi vida. En la oscuridad del recinto, las butacas crujientes, el olor y el sabor de la canchita, con mi viejo, con mis hermanos, con mi madre. Viejos recuerdos. Eternas nostalgias. Siempre con una película. Siempre dentro de una sala de cine.


Escrito por

Paco Bardales

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Publicado en

Diario de IQT

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