La vida sin libros
Si a algo me dedico con habitualidad (además - después, claro - de ver películas y - antes, mucho antes -de procastinar en redes sociales) es a leer. Todo lo que se pueda (y a veces lo que incluso no es tan edificante).
Creo que si no leyese, aunque sean páginas sueltas al azar, no me sentiría tranquilo durante el día.
Leo todo lo que se pueda: desde revistas, periódicos, folletos, grándes párrafos en la computadora, e-books y documentos virtuales. Leo porque hay que hacerlo (y porque es un gran placer hacerlo).
He podido culminar algunos libros en estas últimas semanas. Acá les dejó algunas opiniones sobre ellas.
Por ejemplo, acabo de terminar el nuevo libro de María Luisa del Río, “El Perú Arde”, y he quedado encantado con su lectura. Una recopilación de artículos escritos en el diario El Comercio sirve de pretexto para una cuidadosa, certera, intensa mirada de periodista, que inmediatamente se convierte en la de viajera, y al momento se concentra en la de una ciudadana a quien el país no solo le duele, sino también le arde. La edición es de primera, con imágenes de destacados fotógrafos, los cuales dan un marco adecuado para sintetizar esos grandes temas, esos profundos temas, esos constantes temas que dan la vuelta de nuestra realidad.
Pero antes de leer el libro de María Luisa, leí el de Hugo Coya, “Polvo en el viento”, que se presenta hoy en Iquitos. De hecho, leer a Coya es reencontrarse con un investigador acucioso, que busca un espacio desde la no ficción para narrar trayectorias que parecen novelescas. Me sucedió anteriormente con “Estación Final”, me sucede ahora con esta publicación, en la que es protagonista Demetrio Chávez Peñaherrera, alias “Vaticano”, el legendario narcotraficante que se codeaba con las más famosas vedettes y reinas de belleza y tuvo que ser objeto de un lavado cerebral para no delatar las tropelías de Vladimiro Montesinos. Definitivamente, Coya sigue haciendo bien su chamba, la cual es poner en evidencia las miserias (pero también la humanidad) de personajes tan controvertidos como el que surge de estas páginas.
Evidentemente, he leído “Díva”, de Roberto Reátegui, y recuerdo ahora cuando investigaba para este libro. Me gusta la trama, y me gusta ese trayecto que hace de la historia de la actriz acabada, en declive, que busca una segunda oportunidad, una revancha personal, un nuevo intento entre luces. Es también la búsqueda de un origen, que se encuentra no solo en el personaje de ficción, sino también en el escritor. La investigación que hizo, entre otras, en la Biblioteca Amazónica, también es una posibilidad de respirar algo de selva. Y para Roberto, un gran modo de volver a sus orígenes.

Y también me ha permitido volver a recorrer las líneas de la nueva edición de “Amazonía”, de Juan Carlos Galeano, escritor colombiano y amante de la selva loretana, y comprobar que el verso fuerte y enérgico del libro siguen vivos. Me parece ya que este poemario es un clásico continental y es genial poder encontrar aún más ediciones del mismo. Además, descubro complacido que se encuentra a disposición “Yakumama”, un poemario breve bilingüe, editado por el CETA de Iquitos que permiten encontrar versos como este “Cuando la Yakumama quiere, las nueves se forman a su paso/Difícil imaginar la vida de unos ceticos sin los cariños de la yakumama. Muy delicada, si no la tratan bien/ simplemente se va”.
Además, he podido leer (y presentar en la última Feria del Libro de Miraflores) el poemario “Objetos Dañados”, del poeta y periodista Hans Ruhr. Libro raro, bastante irónico, icónico, arquetípico, posmoderno en el más amplio sentido de la palabra. Un libro que se nutre de la cultura pop y del más estricto canon poético clásico. Además, se puede leerlo como el testimonio de un alguien que sigue cantando su propia canción mientras el mundo se cae a pedazos, de alguien que decide seguir adelante en su ironía aunque en el camino anide desazón y desesperanza. Ruhr es uno de los más notorios personajes del Internet peruano, y este debut literario nos encuentra a sus seguidores marcando ocupado (“Polietileno y sus hombres de plástico andan sin pudor sin vergüenza/ volviendo todo cajitas de Mc Donald’s”).
Y he podido leer otra vez un libro que en algún momento fue fundamental para nuestra generación: “Mala Onda”, del escritor y cineasta chileno Alberto Fuguet, personaje ya icónico y también amigo. A 20 años de su primera edición, se ha lanzado otra vez en medio de un gran revuelo en Santiago. Para quienes alguna vez pudimos darnos el tiempo de entrar en la vida y la mente de Matías Vicuña, personaje protagónico de la novela, disfuncional, raro, friki, no encajado, y volver a descubrir que los rasgos y la esencia siguen intactos es como cantar una canción bizarra, mientras sin proponértelo gente que comparte el mismo sentimiento lo hace en otro lugar. La hermandad cósmica vuelve y se instala. Es casi un placer volver a revisar lo que ya es un clásico literario latinoamericano, a pesar del tiempo y algunas heridas.

Y así, aún tengo en camino varios libros más por devorar. Aún sigo practicando el vicio solitario de la lectura.
Aún sigo caminando entre combis, taxis, centros comerciales, plazas y parques, entre Aeropuertos y habitaciones, leyendo.
Creo que sería genial algún día poner en su hoja de vida que uno se dedica a leer. De hecho, voy a hacerlo (y estoy seguro que a la gran mayoría de los evaluadores de CVs les parecerá una pastrulada. Pero bueno, a mi usualmente evaluar CVs ya me parece una pastrulada)
En verdad, leer no solo demanda tiempo. Demanda concentración, entrega y pasión.
Demanda un espacio para ti y para el libro. Demanda amplitud de mente y de corazón. Pero también de seso y de análisis.
Una pregunta que siempre me hago es ¿Por qué hay gente que no le gusta leer?
Me pregunto ¿Será posible alguna vez que los libros se quemen, como en Fahrenheit 451, clásico de Ray Bradbury?
Digo ¿cómo será una vida sin libros?
Lo primero que me imagino, ante tal escenario, es un mundo amplio y deslumbrante, pero sin luz. Absolutamente oscuro. Totalmente siniestro.