Velódromo en Lima
Hoy jueves 13 a las 7.30 p.m. en el Centro Cultural CAFAE SE (Av. Arequipa 2985, San Isidro) se presenta Velódromo, el nuevo largometraje del escritor y cineasta chileno Alberto Fuguet. El ingreso es libre y será una ocasión de descubrir esta filme bastante personal y sentido, hecho con bajo presupuesto pero bajo los estándares de la nueva moral cinépata. Además, una oportunidad de reencontrarse con uno de los autores contemporáneos más resaltantes e importantes de Latinoamérica.
Aquí una revisión crítica del planeta Velódromo. Y hoy nos vemos en el CAFAE.
Velódromo: un mundo interior que gira (y palpita emociones)
Pasar de una euforia creativa al marasmo no debe ser fácil, para nadie, menos para alguien que se considera a sí mismo como cinépata.
Pero la intensa y casi orgánica relación con el cine puede dejar un vacío existencial que debe ser llenado casi con urgencia. La transpiración no solo es epidérmica, sino creativa.
Llegar a este estado de nueva gracia no es complaciente ni divertido.
Ariel Roth vive en un mundo aparte, en su propio mundo. Ama la tecnología y mirar películas (descargadas todas del Internet), hacer todo el tipo de actividad geek y freak que usualmente está reservada a gente que no es la más popular del barrio.
Ariel Roth siente que tiene serios problemas para conectar: con su entorno, con su familia, con las eventuales chicas con las que sale (o se acuesta), con su trabajo o con los contados amigos que aún frecuenta. Es talentoso, pero cerrado dentro de sí. Puede ser muy capaz para desempeñar los proyectos que se enmarca, pero es posible que también se aburra, que se vire para adentro, que se pierda. No solo en el sentido metafórico, sino también en el literal. Él y sus audífonos. Él y su bicicleta, que la acompaña por los linderos más nostálgicos y austeros de Santiago.
Ariel Roth dice que no le pide mucho a la vida.
Velódromo, el segundo largometraje de Alberto Fuguet, parte de un axioma más o menos claro: no necesariamente la soledad es mala. Quizás es un estado de ánimo. Quizás sea un proceso mental. Quizás sea una opción. Una moral detrás de todo motiva los actos y las consecuencias. A veces incluso, la soledad (sobre todo aquella que viene precedida de la pérdida o el fracaso) es como una epifanía que promueve, casi patrocina el invariable impulso hacia adelante.
Filmada con muy bajo presupuesto, en digital, la nueva producción Cinépata nos devuelve a un Fuguet inspirado en su labor, no solo de creador de atmósferas, de taxidermista de imágenes que se nutren de la palabra o de la voz interior de los personajes, sino también de cruzado mayor en una empresa aún mayor: hablar por varios, por todos los que puedan sintonizar con la misma frecuencia. De paso, activar los resortes de un cine latinoamericano sudado, esforzado, militante que se busca sus propios canales de distribución y llegada al gran público.
Al mismo tiempo, un testimonio en clave personal de varios puntos ideológicos que pretenden quedar como claves no solo de una narrativa multidimensional personal, si no como acercamientos de empatía colectiva, casi corales. A través de la encajada y muy digna actuación de Pablo Cerda, los discursos interiores, los gestos y las ansiedades de Ariel son asimiladas, casi disueltas por un espectador que fácilmente se entrega a la contemplación de un antihéroe con el que, irónicamente, no se siente incómodo. En contadas ocasiones, Ariel puede parecernos un perfecto cínico, un tipo egoísta, quizás un tipo al que habría que evitar. Pero no es un tipo malvado, ni criminal ni conchadesumadre. Es, en el fondo, como cada uno de nosotros. Es, en el fondo, uno de nosotros, sin remilgos, adornos o hipocresías.
Austera, nada pretenciosa, directa sin perder su complejidad, Velódromo cala hondo porque se compone de muchos elementos tan caros a la generación tecnogeek, a los deshechos que quedaron luego de la X y la revolución post-grunge. En Se arrienda, el primer largo de Fuguet, se buscaba responder a todas las patentes básicas del autismo espiritual. La labor se retoma en esta producción, pero se encuentra a un realizador mucho más cuajado, que potencia el enorme talento mostrado en la opera prima, pero a la vez se le siente – y agradece – filmarla con esa onda tan cósmica, tan compenetrada, tan sobria.
En Velódromo es palpable la moral de su construcción: lanzarse a la aventura de la creación, producir y, finalmente, concretar. Sin estridencias, pero con dignidad. Fuera de la gran industria cinematográfica, fuera de los grandes presupuestos y las grandes camarillas que medran con los dineros oficiales (en Chile como en Perú se cuecen las mismas habas), pero con resultados concretos, sinceros, emotivos.
Bienvenido a Velódromo, entonces. Un planeta interior que palpita hartas y memorables imágenes.